La
traición más dolorosa no llega cuando un enemigo desconocido nos ataca, sino
cuando vemos alejarse a alguien con quien compartíamos el pan en una misma
mesa. Confiamos porque esa persona estaba cerca, y abrimos nuestro corazón
porque confiábamos en ella. Sin embargo, precisamente esa cercanía puede
convertirse en el camino por el que entra la herida. El sermón del pastor David
Jang, fundador de la Olivet University en Estados Unidos, nos invita a
permanecer ante esta escena, en la que se encuentran el Salmo 41 y el capítulo
13 del Evangelio de Juan.
“Hasta
el que comía de mi pan alzó contra mí el talón”.
El
lamento de David se hace realidad en la mesa de Jesús. Jesús no amó al hombre
que habría de traicionarlo porque ignorara lo que iba a suceder. Sabiéndolo
todo, lavó los pies de sus discípulos y ofreció el pan incluso a Judas.
El
amor no es una recompensa que se concede después de comprobar la bondad del
otro, sino el corazón que conserva hasta el último momento un lugar al que esa
persona pueda regresar.
Por
eso, aquella mesa no representa solamente una escena cálida. En un mismo
espacio aparecen el amor que descendió hasta el lugar más humilde y la traición
que, aun después de recibir ese amor, se levanta para caminar hacia la
oscuridad. Mediante este contraste, el sermón nos ayuda a contemplar la
profunda amargura que Jesús experimentó en su interior.
David
sufrió por la misma razón en el Salmo 41. No fue un enemigo lejano, sino “un
amigo cercano que comía de su pan” quien alzó contra él el talón. La traición
no es una herida que nace donde nunca existió una relación. Es una pérdida que
aparece cuando se derrumba una confianza construida durante mucho tiempo.
Nosotros
también vivimos momentos semejantes. Una sola palabra pronunciada por alguien
en quien confiábamos puede permanecer durante mucho tiempo en nuestro interior.
Cuando una persona que creíamos que caminaba junto a nosotros nos da la
espalda, incluso los años compartidos pueden parecernos una mentira.
Hay
ocasiones en las que el corazón no encuentra calma, aunque oremos, y en las
que, aun leyendo la Palabra, solo vuelve una y otra vez la escena que nos
hirió. Las conversaciones del pasado se reanudan dentro de nosotros, y las
palabras que no pudimos decir se vuelven más claras a medida que avanza la
noche.
Sin
embargo, Juan 13 nos muestra un amor más profundo que la magnitud de la
traición. Jesús no lavó los pies de Judas porque desconociera su decisión, ni
le dio el pan después de calcular la posibilidad de que cambiara.
Como
lo amó hasta el fin, no cerró la puerta del arrepentimiento hasta el último
momento.
Juan
13:21 dice que Jesús se turbó en espíritu cuando habló de la traición. En su
sermón, el pastor David Jang descubre en esa angustia no solamente el dolor y
la indignación de quien ha sido traicionado, sino también el corazón
quebrantado de quien contempla a un alma que finalmente se niega a regresar.
El
amor no puede tomar decisiones en lugar de otra persona. Sin embargo, mientras
esa decisión no se haya endurecido por completo, puede seguir señalando el
camino de regreso.
El
amor del Señor no toma el pecado a la ligera, pero deja abierto para el pecador
el camino por el que puede volver.
El
mensaje del pastor David Jang no nos permite mirar solamente a Judas. Los demás
discípulos también se quedaron dormidos en Getsemaní. Cuando Jesús fue
arrestado, todos se dispersaron, y Pedro negó tres veces al Señor.
Cuando
consideramos únicamente la debilidad humana, nadie puede afirmar con seguridad
que se encuentra muy lejos de Judas.
Lo
que separó a Judas de Pedro no fue que uno cayera y el otro no. Pedro lloró
amargamente y regresó, mientras Judas cerró su corazón y se dirigió hacia la
oscuridad. La oración del Salmo 41, “Sana mi alma”, ilumina con claridad la
encrucijada en la que sus caminos se separaron.
La
tragedia de Judas no consistió en que jamás hubiera tenido una oportunidad de
restauración. La mano de Jesús le ofreció el pan, y el corazón del Señor seguía
esperando que regresara. Sin embargo, Judas se aferró a sus propios cálculos en
lugar de aceptar aquella invitación.
Pedro,
por el contrario, no intentó proteger su propia justicia después de fracasar.
Reconoció su debilidad mediante sus lágrimas y volvió a confesar su amor ante
el Señor resucitado. Lo que separó sus caminos no fue el hecho de haber caído,
sino la dirección que tomaron después de la caída.
El
arrepentimiento no consiste en odiarnos interminablemente. Es reconocer que
avanzamos en una dirección equivocada y volver el rostro hacia el Dios que
todavía no ha renunciado a nosotros.
Muchas
veces, la fe no se manifiesta en la fortaleza de quien nunca vacila, sino en el
valor de quien, después de haber vacilado, regresa buscando misericordia.
La
oración “Sana mi alma” no es la declaración de derrota de una persona
quebrantada, sino el primer paso que vuelve a darse en dirección a la gracia.
El
mensaje meditativo del pastor David Jang también nos conduce a examinar las
pequeñas sombras que crecen dentro de nuestro corazón. Cuando conservamos
durante mucho tiempo el resentimiento, condenamos interiormente a alguien o
anteponemos nuestros cálculos personales a la obediencia, podemos alejarnos
poco a poco de la mesa del amor.
Podemos
permanecer sentados exteriormente en el mismo lugar mientras nuestra alma ya se
dirige hacia otro camino.
Por
eso, la Palabra no nos lleva a buscar “quién es Judas”, sino a preguntarnos:
“¿Existe dentro de mí un corazón que se está endureciendo?”. La teología no
debe ser un conocimiento que acumula argumentos para juzgar a otros, sino una
sinceridad que coloca nuestra propia alma delante de la luz de Dios.
El
evangelio no es un lenguaje utilizado para explicar el fracaso de los demás. Es
la noticia de que yo también puedo caer si no me arrepiento y de que, aun así,
Dios vuelve a levantar a quien decide regresar.
En
los días en que la oración parece bloqueada, una sola frase —“Sana mi alma”—
puede ser más sincera que una larga oración. Significa dejar delante de Dios el
deseo de demostrar que teníamos razón, el impulso de devolver la herida
recibida y la resolución de no volver a confiar jamás en nadie.
La
sanidad comienza con esa confesión. En el corazón endurecido se abre una
pequeña grieta por la que el amor puede volver a entrar.
La
mirada de este sermón se extiende más allá de la vida individual y se dirige
hacia la comunidad. Los discípulos que se sentaban a la misma mesa no
percibieron la oscuridad que crecía en el corazón de Judas. Incluso cuando
salió, pensaron que iba a comprar algo necesario.
El
pastor David Jang subraya que la iglesia debe convertirse en una comunidad que
cuide profundamente las almas de sus miembros. Cuando alguien comienza a
alejarse en silencio, necesitamos un amor que no juzgue precipitadamente sus
motivos, sino que comprenda su debilidad y permanezca a su lado en oración.
La
exhortación no debe ser una palabra que acorrala a la otra persona, sino una
mano que la sostiene para que no camine sola hacia la oscuridad.
El
cuidado espiritual es diferente de la vigilancia que pretende descubrirlo todo.
Consiste en orar por quien se está alejando, prestar atención a sus necesidades
y debilidades, y ayudarlo con amor a encontrar la restauración.
En
algunas ocasiones será necesario señalar claramente una conducta equivocada.
Sin embargo, el propósito no debe ser expulsar a la persona, sino ayudarla a
regresar al lugar del amor.
La
escena en la que Jesús lava los pies de sus discípulos nos muestra la forma de
ese amor: la obediencia que sirve desde el lugar más humilde, la paciencia que
no ignora el error pero tampoco abandona a la persona, y la misericordia que
ofrece una nueva oportunidad de levantarse después de una caída.
La
iglesia no debe ser una reunión de personas perfectas, sino un lugar donde unos
sostienen las debilidades de otros y colaboran en su restauración.
La
profundidad de una comunidad no se revela solamente en el tiempo que sus
miembros han reído juntos, sino en cuánto tiempo permanecen al lado de alguien
cuando esa persona se derrumba.
Por
supuesto, amar no significa actuar como si la herida nunca hubiera existido.
David no ocultó el sufrimiento de la traición, y Jesús se turbó en espíritu al
hablar de la traición de Judas.
La
gracia de esta Palabra no consiste en minimizar el dolor, sino en mostrarnos la
esperanza de que el sostén de Dios es mayor que ese dolor.
Quien
ha sido traicionado puede llegar a dudar incluso de su propio valor. Puede
preguntarse si fue abandonado porque no era suficiente, si debería volver a
confiar en alguien o si seguir eligiendo el amor no será una forma de
ingenuidad.
Sin
embargo, el Salmo 41 confiesa que Dios sostiene al ser humano en su lecho de enfermedad
y vuelve a levantarlo.
La
fe que soporta las heridas no consiste en fingir que nada ha sucedido.
Significa reconocer con sinceridad que algo nos duele y, al mismo tiempo, no
permitir que el odio determine la dirección de nuestra vida.
Consiste
en dejar el juicio en manos de Dios y proteger nuestro corazón para que la
herida no se convierta dentro de nosotros en la semilla de una nueva traición.
La
cruz de Jesús señala la misma dirección. La traición humana no pudo detener el
plan de salvación de Dios, y el fracaso de los discípulos no impidió su
restauración después de la resurrección. Pedro fue llamado de nuevo y los
discípulos dispersos volvieron a reunirse.
El
centro del evangelio proclamado en el sermón del pastor David Jang es claro: la
traición no tiene la última palabra. El camino de la restauración permanece
abierto para quien se arrepiente, y la esperanza de ser sostenido por Dios
permanece para quien ha sido herido.
Aunque
el pecado humano sea profundo, en la cruz se reveló un amor todavía más
profundo.
Nosotros
somos personas que han sido heridas por alguien, pero también somos capaces de
herir a otros. Por eso, la fe que necesitamos hoy no consiste en colocarnos del
lado de los justos, sino en examinar nuestra propia alma y no perder de vista a
quienes están junto a nosotros.
El
amor se manifiesta antes en una actitud que conserva un lugar al que la otra
persona pueda regresar y espera en silencio que en palabras grandiosas.
La
Palabra que comenzó alrededor de una mesa sigue hablándonos hoy en nuestras
relaciones y dentro de la iglesia. Nos invita a examinar si nuestro corazón se
ha cerrado a causa de una herida y si alguna persona cercana a nosotros está
alejándose en silencio hacia la oscuridad.
Al
recordar la puerta del amor que el Señor mantuvo abierta hasta el final, ¿a
quién desea usted extender hoy una pequeña mano de reconciliación y
restauración?
Video del sermón de David Jang:


